Imagina que cada vez que entras en tu casa, o en tu trabajo, alguien te clavara un clavo en alguna parte de tu cuerpo. Día tras día, cuando hablas con esa persona, te clava un clavo. Sabes que cuando te acercas a esa persona, esperas irremediablemente un clavo en tu persona. Y ocurre de verdad. De hecho, parece que hagas lo que hagas, recibes siempre un clavo como respuesta.

El dolor es insoportable, de cada clavo, de cada día, de cada vez. Y aún peor. Ya no duele tanto el clavo, como el saber que un nuevo golpe y un clavo aparecerá y permanecerá en tu persona mañana. Parece eterno. Y casi, es triste, pero es así, tratas de vivir con los clavos que ya acumulas. Además de vivir con los clavos que están por venir.

¿Conocéis un cuento que habla de un niño que se portaba mal con sus amigos, hiriéndoles e insultándoles?. No he podido localizar el autor. (Si lo conocéis será bienvenida vuestra aportación :-))

El cuento viene a decir algo así. Un padre le dijo a su hijo, que cada vez que hiciera daño a una persona, clavara un clavo en una puerta. El niño así lo hizo. Cada insulto correspondía a un clavo en la puerta. Al cabo del tiempo, el padre le dijo: ahora fíjate en la puerta, mira cuántos clavos has clavado. Quítalos. ¿Cómo se ha quedado la puerta?. El niño comprobó, que la puerta seguía siendo puerta. Pero no era la misma. Estaba llena de agujeros. Se veía más fea y vieja. Casi ya no servía como puerta. El padre, le comentó: cada vez que hieres e insultas a una persona, ya nunca vuelve a ser igual. Puedes cuidarla un poco y compensar, o arreglar lo que has hecho. Las cicatrices siempre estarán ahí.

Estoy segura de que estarás de acuerdo con la moraleja del cuento. Estoy segura de que tratas por todos los medios de no “clavar demasiados clavos” en las “puertas” de los demás. No, conscientemente. Esto es genial.

Pero ¿qué ocurre cuando los clavos te llegan a ti?. ¿Qué hacemos entonces cuando tu “puerta personal” se está llenando de “cicatrices”?. ¿Y si no se están “curando”?. La diferencia con el cuento, es que claramente, no somos puertas. Pero sí como árboles vivos. Y cuando nos “clavan clavos” las heridas tardan en curarse. Y sangran durante un tiempo, de forma intermitente, incluso.

Mensajes atroces que no necesitas en tu vida

Veamos qué tipo de mensajes podemos estar recibiendo y que “se clavan” constantemente en nuestra persona dañándonos gravemente. Recuerda que no los necesitas en tu vida.

No te montes castillos de arena. Estás bien como estás. Las cosas son así.

¿Para qué o quien “estamos bien”?. ¿Por qué han de decidir los demás qué significa estar bien para ti? Cada vez que recibes este tipo de mensaje te obligas a mirarte con los ojos de los demás. No con tus propios ojos. En cada ocasión, que das por cierto este mensaje y lo integras en tu persona,algo se remueve. Surge una gran disonancia entre tus valores y prioridades e ilusiones, y los que intentas adoptar. Deja de intentar adoptar algo que no eres tú. ¿Tienes una ilusión?. ¿Tienes un reto? Ve a por ello. Las personas que realmente te apreciarán en tu ámbito profesional o personal, lo valorarán. No tendrán miedo de que hagas lo que ellos no han considerado. Te apoyarán, tanto si tienes éxito como si por el camino descubres que tu reto necesita redefinirse. Esos son los retos y las personas que alimentarán y enriquecerán tu vida.

Tú no vales para eso.

¿Qué significa “valer”?. ¿Qué nivel es el que tienes que alcanzar para “valer” para los demás?. Cuál es tu nivel y hasta dónde necesitas y quieres aprender, es lo que importa. No necesitas saber de todo a nivel máximo. Tienes derecho a decidir, probar, aprender y equivocarte en aquello que elijas. Hay muchas personas que deciden no aprender algo, porque piensan que “siempre habrá alguien mejor que ellos” y como consecuencia asumen el mensaje “no valgo para esto”. Así eliminan toda posibilidad de aprender, aunque sea un poco, de una determinada habilidad o aprendizaje técnico. A lo mejor, para tu trabajo, para tu persona, no necesitas ser un “maestro” en ese aprendizaje. Pero ¿cuánto potencial podrías sacarle a un poco aprendido en tu vida? Eso es lo importante.

Me fascinan las personas que con un mínimo de aprendizaje aportan un potencial o un valor extraordinario. Lo que han aprendido tiene un impacto en ellos mismos, en su trabajo o en su vida. Y en muchas ocasiones es mayor que muchas personas que “saben muchísimo”.

Mira, te digo y hago esto, porque te estoy haciendo un favor.

 Tal como nos facilitan los derechos asertivos, date permiso para deshacerte de este mensaje. Tienes derecho a ser independiente de la buena voluntad de los demás. Es decir, cuando alguien “pretende” ayudarnos puedes rechazar la ayuda. Porque consideras que realmente no es una ayuda para ti. O bien porque quieres probar a ser más autónomo en ese momento. Incluso, porque ya lo eres. Por otro lado, sería interesante analizar, cuando recibes este mensaje, a quién se está haciendo “este favor” de verdad. ¿A la persona que dice este mensaje o a la receptora del mensaje?.

¿No te das cuenta que así no lo estás haciendo bien? Así no aprenderás nunca. Me canso de llamarte la atención para que hagas bien tu trabajo.

Este tipo de mensajes reverbera en algunos entornos de trabajo. Deja un eco pesado y un dolor considerable cuando asumes todo este peso. La respuesta a la pregunta es NO. No te has dado cuenta. En caso contrario, seguramente lo habrías hecho de otra forma. “No aprenderás nunca”, terrible losa que seguramente te hará creer que es así. “Me canso”. Nos cansamos. Seguramente tú de recibir este mensaje, y la persona que lo emite, de decirlo. ¿Y si aprendes a decir lo que necesitas para aprender?. Por supuesto, la persona que emite este mensaje también podría aprender a comunicar. Pero mientras tanto, no lleves ese peso. No te lo creas. Tienes derecho a que te cueste aprender tanto si es por motivación, atención, conocimiento o habilidad. Es importante identificar qué necesitas para resolverlo.  Haz tu camino mientras tanto, resuelve lo que necesitas.

Esos sentimientos y recuerdos negativos que tienes no te aportan nada. Olvídalo, no fue para tanto. Céntrate en lo que te aporte en tu vida.

Mensajes de este tipo, los han recibido muchas personas que han sufrido una situación traumática en su vida. Y de repente se encuentran con que determinadas personas les recomiendan que lo olviden. Por supuesto que es importante que te centres en lo que te aporte en tu vida. Pero para ello, en muchas ocasiones necesitarás superar el impacto emocional de esa situación. Puede ser que no has podido o no has sabido resolverlo. En cualquier caso, primero lo primero. No pasa nada, que no te remuerda la conciencia de no haberlo hecho antes. Cada uno necesita un momento y una velocidad determinada. Te mereces superar tu vivencia. Por mucho que otros le resten importancia. Las vivencias de una persona son únicas e intransferibles. Únicamente cada persona puede ocuparse de superarlo. Otros puede que no lo entiendan, o que les resulte “cansino” este sufrimiento que se arrastra en tu vida. Ahora bien, dale la importancia que tiene. ¿Te impide seguir avanzando? Decide aprender cómo llevarlo mejor, cómo superarlo. Consigue que esa vivencia en tu vida sea una cicatriz cerrada. Después podrás centrarte en lo que más aporta en tu vida.

Qué pesadez. Otra vez lo mismo. No merece la pena hablar contigo.

Por qué alguien le dice algo así a su pareja, tiene muchas explicaciones. Realmente hay muchos retos para la persona que emite este mensaje. Necesitará también ver qué le pasa y si quiere resolverlo. Ahora bien, me preocupan mucho las personas que reciben constantemente estos mensajes que no necesitan en su vida. Y que asumen como ciertos. Estos mensajes te crean cicatrices profundas que tambalean quién eres y cómo te relacionas con los demás. Es posible que acabes creyendo que no mereces la pena. Nada más lejos de la realidad. De verdad. Todas las personas tienen su valor. No dejes que esos mensajes estén mucho tiempo en tu vida ni que te impacten profundamente. Cree en ti. Toma decisiones. Las personas que te quieren de verdad te ayudarán a conversar. O incluso perdonarán tus emociones para buscar un mejor momento para hablar. Pero no te dirán que no mereces la pena.

¡Joder, todo el día llorando!

(Perdón por la expresión, pero fue exactamente así).

Le decía esto una madre a su hijo en el mismo momento que escribía este post. 🙁 Pensé aquí empieza todo. ¿Tu hijo llora?. ¿Alguien llora?. No van a dejar de hacerlo porque le lances una queja. Posiblemente el niño, aprenda que llorar es malísimo. Y seguramente tampoco aprenda otra forma de llamar la atención o resolver sus problemas. A esa edad, aunque el niño llore frecuentemente, se  necesitaría encontrar el tiempo y la calma, para enseñarle al niño otras formas o ver los motivos. En una edad más adulta, necesitas recordar que si sigues recibiendo este mensaje, hagas un stop. Aléjate de la queja. No la asumas. No pasa nada por llorar. Ahora bien, consigue aprender. Invierte tiempo y cariño en ti, incluso en pedir ayuda clara para resolverlo. Aférrate a tus virtudes. Cuídate, analiza si has asumido alguno de los mensajes anteriores y lucha por deshacerte de ellos. Cura tus cicatrices.

Te mereces ocuparte de tus cicatrices.

Y ahora respiremos. Profundamente.

Otra diferencia con el cuento, que inicialmente comentábamos, es que estamos vivos física y mentalmente. Tenemos más capacidades de regeneración incluso que un árbol. Nuestra autoestima, nuestros recursos personales y nuestras estrategias de afrontamiento, son la clave. Ahora bien, con cada “clavo” del cuento, estas estrategias pueden resultar dañadas también. Si los “golpes” se sostienen en el tiempo o son muy frecuentes nuestras estructuras personales se tambalean. Se tambalean y nos seguirá doliendo si no ponemos en marcha recursos personales propios. Pero no se destruyen del todo. Siempre hay un pilar personal desde el que empezar el proceso de regeneración. Un proceso de evolución, para ser la persona que queremos ser. Para ser un “árbol de corteza sólida y que da unos frutos buenísimos”.

Hoy quiero dedicar este post a todas las personas que depositan la confianza en mi trabajo. Para aquellas personas que vienen y comparten conmigo todas sus heridas abiertas. Son esas personas que se atreven a examinar sus heridas. Toman la decisión de buscar la mejor forma de curarlas.

Son aquellas personas que han decidido que ya hay suficientes mensajes atroces en su vida. Han decidido no dejarse impactar por los “clavos” diarios que reciben en su trabajo, o en sus familias, o en sus relaciones personales y/o sociales. O que recibieron alguna vez.

Quizá no saben como hacerlo. Pero saben que no quieren más de “esta medicina de golpes” que han recibido. Quizá pudieron parar el proceso de golpes hace tiempo, y ahora necesitan invertir en sus cicatrices. Porque les duele mucho, y no pueden vivir más con ese dolor. Han decidido buscar ayuda e invertir en sí mismos.

 

Te mereces curarte si así lo necesitas.

Tú te mereces lo mismo. Quiero animarte si sientes que tus cicatrices profundas no se curan. Cuídate. Apóyate en tus fortalezas. Compártelo. Con un buen amigo. Con un buen profesional. Aprende nuevas estrategias personales. Recuerda, que estar inmerso en la situación de recibir “mensajes atroces” te impide ver, a veces, que hay salida. Recordar incluso con angustia que una vez vivimos esta situación, te llevará a seguir viviendo ese dolor aunque ya no esté.

Tus estrategias de afrontamiento de mensajes atroces y situaciones difíciles serán la clave.

Para salir, necesitas “poner un pie delante del otro”. ¡Adelante! Puedes y aprenderás seguro a cómo hacerlo. Hay personas que ya lo están haciendo. ¿Y si lo superaras tú también?.