A todos nos pasa, que a final de año, empieza a desarrollarse una urgente necesidad de hacer buenos propósitos para el año próximo. Encontramos miles de noticias, artículos, consejos, sobre cómo conseguir el año próximo lo que no conseguimos este año. Y así, nos lanzamos a imaginarnos en el año siguiente cumpliendo una lista de tareas que consideramos importantes o nos han recomendado que hagamos para sentirnos más satisfechos.

Miremos atrás, ¿lo conseguimos el año anterior? Seguramente, conseguiríamos algunas metas, pero otras parece que se repiten, y no llegamos a alcanzarlas.

La pregunta es ¿quieres realmente conseguir todo eso que te planteas en tu «lista del año próximo»?

Cualquier momento es bueno, pero que duda cabe que el final de año, sea por las vacaciones o porque todo se reinicia, tenemos mayor receptividad para hacer un parón en nuestra rutina diaria.

Ahora bien,

¿Y si soñases primero? ¿Y si imaginaras? ¿Y si visualizaras la emoción que quieres conseguir este año?

¿Y si decidieras qué valores quieres vivir este año? ¿Y si definieras qué criterios son para ti importantes?

¿Y si eligieras que vivencias quieres para ti y tu alrededor este año? ¿Y si eligieras lo que no quieres este año?

¿Y si te pararas a pensar lo que has aprendido sobre ti este año? ¿Qué has aprendido de las personas con las que te relacionas?

¿Qué decisiones te gustaría tomar con respecto a tus aprendizajes?

¿Qué ha sido lo mejor de ti este año? ¿Qué quieres que sea lo mejor de ti el año próximo?

¿Qué quieres ser de mayor, cuando tengas un año más?

¿Qué te haría ser más feliz? ¿Qué te haría ser mejor profesional y más satisfecho?

Lanzarse a hacer listas de tareas o propósitos sin antes cultivar el arte necesario de seguir conociéndonos, y digerir lo que hemos vivido, puede hacer que no consigas realmente lo que quieres y empieces a llenar tu vida nuevamente, con innumerables «rutinas de tengo que» en vez de «motivos de quiero que».

He visto este año, demasiadas personas perdidas, demasiadas personas sin ilusión, demasiadas personas que no respiran bien cuando mantienen una conversación, demasiadas personas que piensan que «si el otro, no me da lo que quiero… yo no puedo hacer nada», demasiadas personas a las que les pasa desapercibida su motivación y la de los demás, demasiadas personas angustiadas porque piensan que «son así» o que creen que sus debilidades son como una «enfermedad»con la que deben convivir, demasiadas personas que se ajustan a un guión de «cómo deben ser las cosas», o que creen que ya lo han aprendido todo, demasiadas personas que están acomodadas y se limitan a hacer lo fácil, sin dar lo mejor de ellos mismos, y perdiéndose la oportunidad de ser más felices, y de vivir de manera diferente, personas que anticipan toda serie de consecuencias negativas que les mantienen en parálisis permanente…

También he visto personas que tienen verdaderas dificultades pero no pierden la sonrisa, personas que se permiten momentos de «bajón» porque saben que son necesarios para poder remontar, personas que mantienen conversaciones interiores durante todo el año para valorar cómo se sienten, aunque todo parezca ir bien, personas que crean nuevos hábitos para ser conscientes de sus logros, personas que luchan por desarrollar una buena autonomía personal, personas que admiten sus dudas, porque saben que de ellas se aprende, personas que no tienen miedo de compartir sus inquietudes porque eso les hace humanos y más fuertes, personas que han tomado decisiones, aunque sea la decisión de «esto no lo quiero más» y necesito ayuda, personas que se consideran una buena conciencia con la que necesitan conversar de vez en cuando, personas que continuamente hacen borrón y cuenta nueva, porque lo importante es seguir adelante, personas que no quieren aguantar determinadas situaciones o relaciones personales o laborales, y dan un paso adelante, personas en definitiva, que se han parado a hablar consigo mismas y que han definido los criterios, valores y emociones que quieren en su vida.

En definitiva, cuando realmente mantienes el hábito de conversar contigo mismo y cuestionarte, el habito de identificar los sueños profesionales y personales que quieres para cuando tengas un año más, cuando realmente te marcas un cómo, no tanto un qué, aparecen sin darte cuenta la energía y motivación necesarias para hacer aquello que no habías conseguido hasta ahora, no que consigas lo que «tienes que hacer» sino lo que «quieres hacer». En el «cómo» encontramos «qués» que ni siquiera habíamos imaginado. ¿Te lo vas a perder?

Casi, no hará falta que hagas este año tu lista de propósitos, pues tus «cómo» te dirigirán a un sinfín de logros que ni te habías planteado. Vivirás emociones que ni siquiera sabías que existían. Vivirás motivado con una energía interior, la más poderosa de todas, que te guiará en las decisiones, en tus acciones y en tus actitudes.

¿y tú qué vas a hacer?

¿Ya has conversado contigo mismo?

Te deseo un feliz año  de conversación interior 😉