Aceptar y respetar la diferencia es una de esas virtudes, sin las cuales la escucha no se puede dar.

Paulo Freire

El valor del conflicto y de la discrepancia nos permite, tal y como comentamos en “yo te llevaré la contraria”:

– asegurarnos de nuestro valor

– reorientar nuestro valor

– ampliar nuestra visión

– el primer paso hacia el cambio

– contar con la mirada del otro

– aprender a hacerlo diferente

– a potenciar nuestro valor

– descubrir nuevos mundos

– comunicar una señal de alarma

-expresar la intención y necesidad de que queremos que algo cambie y que algo se mantenga

Desafortunadamente hemos aprendido durante mucho tiempo, por educación, cultura…, y lo seguimos haciendo, que el conflicto es “algo malo”, porque además nos “pone de los nervios”, nos altera, nos hace sufrir y no nos gusta sentirnos mal. De hecho, este “razonamiento emocional”, es decir, “con esta relación, situación o persona me siento mal…entonces esto no es bueno y debo evitarlo”, es una de las creencias racionales que más causan problemas, y que más impiden ser resolutivos en situaciones de discrepancia y conflicto.

Este razonamiento emocional del que hablamos nos refuerza nuestra creencia de que tenemos la razón o lo sabemos todo… y además nos evita, nos salva una vez más, de aprender a gestionar nuestras reacciones emocionales, sobre todo las negativas.

En la mayoría de los conflictos en los que participo dentro de una empresa, o entre dos personas que tienen algún tipo de relación hay, entre otros, dos elementos comunes:

Lo que más les molesta  a los implicados es la “otra persona” en sí misma.

Casi, casi podríamos decir que los implicados se “han olvidado” de la fuente del conflicto o del problema real, y han entrado en una espiral de juicios de valor personales en la que nada de lo que hace la otra persona les parece bien. Además, se permiten interpretar los comportamientos del otro, siempre en clave, claro, de “es mala persona”, “no es normal”, “es egoísta”, “es prepotente”…y toda clase de “piropos personales”.

– La solución por la que optan es evitar cualquier interacción con esa persona a toda costa y defender, a capa y espada, su posición. Además la culpa es del otro.

La creencia menos productiva más firme llegados a este punto, es considerar que mientras el otro no cambie, nada va a cambiar. La responsabilidad de la situación es siempre del otro. Esto ocurre porque el estado emocional en que se encuentra este participante del conflicto, le impide considerar que pueda tener ningún impacto sobre el otro. Y esto no es así. La comunicación e interacción es bidireccional, ambas partes se influyen para bien o para mal. Lo que se nos olvida y no vemos es que si cambiamos algo de nuestro comportamiento tendrá un impacto posiblemente más constructivo en el otro.

Y lo que lo que necesitamos entonces es:

Evitar juicios, sobre todo personales, y gestionar mi propia reacción emocional

– Solucionar basándonos en un resultado final acordado cuyo criterio de validez, no pase ni por mi ni por ti, sino por la necesidad del cliente externo o interno, o del beneficio y satisfacción de las partes implicadas.

¿y tú que haces ante los conflictos?

¿la responsabilidad la sitúas en el otro?

¿sabes manejar primero tus recursos personales?