¿Te ocurre que tu vuelta al trabajo no ha sido la que tenías planeada?. En lo que llevamos de septiembre, en las sesiones de coaching me he sentado con varios directivos y directivas de primer nivel que se han encontrado, casi sin anestesia, ante un escenario idéntico: la llegada imprevista de un «nuevo modelo de negocio”. Aparecen instrucciones opacas sobre la nueva estrategia, y la orden directa e inapelable de ejecutar despidos en sus equipos. Moverse en esa niebla. Sintiendo la presión de un superior del que se espera comprensión pero solo se recibe exigencia. Y mirando a los ojos a colaboradores que se van a la calle— genera una polvareda emocional devastadora. Si estos días te has descubierto pensando «soy directiv@ y no debería sentirme así» o «no quiero trabajar con este sentimiento», tranquil@. Déjame decirte algo: no estás roto/a, ni te falta firmeza. Veamos varias reflexiones por si te puede ayudar.
1. El escenario de septiembre: soledad, decisiones impuestas y la niebla del «nuevo modelo»
Todavía no hemos terminado de quitarnos la arena de los zapatos y la primera quincena de septiembre ya ha dejado al descubierto la cara más dura de la alta dirección.
En lo que llevamos de mes, me he sentado en sesiones de coaching con varios directivos y directivas de primer nivel. Aunque pertenecen a sectores distintos, el marco en el que están teniendo que operar estas semanas es prácticamente calcado:
- Llegada repentina de un «nuevo modelo de negocio»: Una nueva estrategia de empresa que exige atender a nuevos indicadores de desempeño. Planteada a menudo con una prisa urgente, pero sin un mapa claro de navegación. En algunos casos la IA tiene una clara y fuerte influencia aunque no se acabe de reconocer.
- Información incompleta o deliberadamente opaca: Las directrices sobre hacia dónde vamos llegan con cuentagotas, explicadas a medias o filtradas con una opacidad que genera más incertidumbre que liderazgo.
- Ejecución de despidos sin margen de maniobra: Órdenes directas e inapelables para prescindir de colaboradores de sus equipos. Sin posibilidad de negociar las condiciones, y sin espacio para cuestionar el criterio. Tampoco se tiene margen para proteger a personas cuya valía y situación familiar conocen perfectamente.
Esta combinación es una auténtica prueba de fuego para la inteligencia emocional de cualquier líder.
2. El impacto que tiene en el líder antes incluso de empezar a gestionar el cambio
Otra de las características de esta situación que ha sido compartida por estos directiv@s con los que trabajo es lo siguiente:
- Por un lado, hacia arriba, surge una fuerte reactividad emocional hacia el superior. Es inevitable sentir frustración y cierto desencanto. Esperas de tu jefatura directa mayor comprensión, complicidad y transparencia para ejecutar algo tan delicado. No obstante, solo encuentras que no hay respuesta.
- Por otro lado, hacia abajo, se produce el impacto más doloroso: sostener la mirada a tus colaboradores. Tener que comunicar la salida a personas que han dado el 100% por el proyecto. Sabes además el quebranto personal que supone en sus casas. Y ya por último, tienes que hacerlo con un feedback vago, insuficiente o directamente artificial que ni tú mismo/a terminas de comprar.
- Y por último, seguir liderando, por supuesto, a las personas que se quedan con entusiasmo, claridad y resultados que te piden como responsable de equipo.
Estar en el medio de ese emparedado —entre la presión opaca de arriba y el dolor real de abajo— provoca una sensación devastadora de soledad funcional. Es el momento en que el rol directivo pesa como una losa y aparece esa frase que tanto escucho en consulta: «Sé que es mi trabajo, pero no quiero trabajar con este sentimiento”. “No debería sentirme así”.
Reconocer que estás ahí, atrapado/a entre la lealtad a la empresa, el sentido de la justicia y tu propia empatía, no te hace un líder débil. Te hace un líder humano. Y es precisamente desde esa humanidad desde donde necesitamos empezar a gestionar el impacto. Necesitamos que la estrategia no se lleve por delante tu salud mental ni tu escala de valores.
3. Sentir lo que sientes no es un fallo del sistema: es tu mejor brújula
Cuando este terremoto emocional se desencadena, la primera reacción de la mayoría de los directivos es el auto-juicio. Aparece una resistencia interna feroz. Sienten una especie de enfado consigo mismos por sentirse como se sienten: «No debería llevarme esto a casa», «Tengo que ser más frío», «Si me afecta tanto es que no valgo para este nivel de responsabilidad».
Si te encuentras ahí, necesitas escuchar esto: da igual lo que estés sintiendo ahora mismo —rabia, decepción, impotencia, tristeza o una contradicción enorme—, sentirlo no solo es normal, es profundamente sano.
Esta es, con diferencia, la parte a la que más tiempo dedicamos en las sesiones de coaching ejecutivo: conseguir que la persona comprenda la finalidad real de su torrente emocional.
En la alta dirección nos han vendido la peligrosa ficción de que el buen líder es una figura impertérrita, una especie de autómata capaz de ejecutar decisiones drásticas sin despeinarse. Pero la realidad es que las emociones difíciles no son un signo de debilidad. Son la mejor guía que tienes para moverte entre la frialdad de la estrategia y la realidad humana de los equipos que la implementan.
Ten en cuenta que:
- Tu incomodidad es tu brújula: Esa rabia o esa tristeza que sientes al comunicar un despido injusto o al acatar una orden opaca es la prueba de que tus principios y tus valores siguen intactos. Son la señal de alarma que te indica dónde está tu límite ético. Si no sintieras nada, te habrías convertido en un autómata ejecutante, desconectado de tu propia humanidad.
- La emoción como información útil: Sentir dolor o rabia no significa que vayas a desobedecer o a dejar de hacer tu trabajo; significa que vas a hacerlo con consciencia. Tu incomodidad te señala exactamente qué necesitas cuidar en el proceso. La forma en que miras a los ojos a esa persona que se va, el respeto con el que comunicas la noticia o la honestidad con la que sostienes al equipo que se queda.
Sé perfectamente que estas emociones son amargas, incómodas y que hacen que el puesto pese el doble. Nadie quiere levantarse por la mañana con el estómago encogido. Pero, aunque duelan, ese malestar es lo mejor que tiene el ser humano para seguir siendo humano en medio de la adversidad.
No luches contra lo que sientes. Usa esa emoción como un faro para ejecutar lo que te pide la empresa sin destruirte a ti mismo/a por el camino.
4. No es personal: desescalar la rabia hacia tu superior para recuperar tu control
A la incomodidad de tomar decisiones difíciles se le suma casi siempre un segundo incendio: la indignación hacia arriba. Es muy común terminar profundamente enfadado/a con tu jefe o con la dirección general por cómo te están pidiendo las cosas. Sin embargo, enredarte en una guerra fría con tu superior es el camino más rápido para agotar tu energía y aumentar tu sufrimiento.
Para poder gestionar este momento con inteligencia, necesitas hacer un ejercicio de perspectiva realista: esto no es un ataque hacia ti. Tu superior no ha diseñado este plan para complicarte la vida ni te está haciendo un pulso personal.
- Comprender la cadena de presión: Tu superior está en ese puesto con una intencionalidad clara, pero también recibe órdenes, exigencias y métricas incontestables del comité de dirección, los socios o la propiedad. Él o ella está encajando su propia dosis de presión.
- Aceptar sus limitaciones emocionales: Sí, por supuesto que estás en tu derecho de pensar que podría haberte trasladado la información de otra manera: con más empatía, más claridad y mejor espacio para el diálogo. Pero si no lo hace, no es por ti; es simplemente porque no sabe hacerlo mejor, o porque emocionalmente no puede o no quiere permitírselo.
- Donde empieza y termina tu poder: Puedes exigir mayor comprensión o transparencia a tus superiores, pero eso no garantiza que te la vayan a dar. Lo único sobre lo que tienes un control absoluto es sobre tu propia gestión emocional. Gastar tus fuerzas en esperar que tu jefe cambie su estilo de liderazgo es una batalla perdida que solo te desgasta a ti.
Dado lo que hay —con la información defectuosa que te han dado y el estilo de liderazgo que tienes arriba—, tu verdadero reto de inteligencia emocional consiste en no sufrir más de lo estrictamente necesario.
Pon el foco en lo que sí está en tu mano: cómo decides tú comunicárselo a tu equipo, cómo vas a mirar a los ojos a las personas que se van y de qué manera vas a cuidar tu integridad personal durante este proceso.
Liderar en la alta dirección cuando las decisiones duelen no consiste en volverse de piedra ni en resignarse a sufrir en silencio. Consiste en aprender a sostener la responsabilidad de tu puesto sin entregar por el camino tu salud mental ni tus valores.
Si estos días te encuentras en medio de este cruce de caminos, sintiéndote solo/a y gestionando el impacto de un cambio impuesto, recuerda que no tienes por qué llevar esta carga a pulso ni en soledad. Reconocer el desgaste y buscar un espacio neutro para procesarlo no es una muestra de debilidad: es la decisión más inteligente y responsable que puedes tomar por ti y por tu equipo.
